Isabel Giménez Zuriaga. Directora general. Fundación de Estudios Bursátiles y Financieros
Los mercados globales han experimentado una renovada presión, con caídas en bonos y acciones durante los últimos meses en medio de una escalada de ataques contra infraestructuras energéticas clave en Oriente Medio.
Los precios del petróleo crudo se dispararon después de que Irán atacara importantes instalaciones energéticas en el Golfo, incluyendo, por ejemplo, el complejo de GNL Ras Laffan de Qatar y la planta de gas Habshan de los Emiratos Árabes Unidos. Esto se produjo tras los ataques israelíes contra el yacimiento de gas South Pars de Irán.
El crudo Brent alcanzó un máximo de 117 USD/barril, mientras que el WTI puso a prueba los 100 USD/barril. El S&P 500 ha sufrido recortes, alcanzando su nivel más bajo desde noviembre, y los futuros anticipan más descensos. Las bolsas asiáticas registraron fuertes caídas, lideradas por el Nikkei 225 y el Kospi de Corea del Sur, cercanos al conflicto. El presidente Trump ha pedido desescaladas, pero también amenazó con una represalia "masiva" contra el yacimiento de gas South Pars de Irán si Irán volviera a atacar la infraestructura energética regional.
El Wall Street Journal informó que Trump no desea más ataques contra las instalaciones energéticas iraníes, e indicó que «Israel no realizará más ataques» si Irán detiene los suyos. Por otra parte, funcionarios saudíes advirtieron que su paciencia con Irán «no es ilimitada», lo que plantea la posibilidad de una respuesta más directa.
Según los expertos, el escenario base sigue siendo una eventual desescalada y la posterior reanudación del flujo de buques petroleros a través del Estrecho en las próximas semanas. Incluso en este escenario, los precios del crudo probablemente se mantendrán elevados, cotizando alrededor de los 90 USD/barril hasta finales de junio.
Sin embargo, estos últimos acontecimientos están llevando a los mercados a descontar un mayor riesgo de conflicto prolongado, daños más profundos a la infraestructura y precios del crudo elevados durante un período prolongado.
Los llamamientos del Presidente Trump a un convoy naval internacional que les ayude a reabrir el Estrecho no han tenido hasta ahora mucha acogida pública. En tal escenario de riesgo, el crudo Brent podría dispararse a corto plazo hasta los 150 USD/barril o más.
Los daños a la infraestructura podrían impedir que los precios de la energía se mantengan estables. QatarEnergy ha informado de «daños extensos» en Ras Laffan, el mayor centro de Gas Natural Licuado del mundo, responsable del 15% al 20% del suministro global. Aún no se conocen los detalles, pero los daños causados por un ataque con misiles podrían ser mucho más difíciles de reparar que los de un ataque con drones, lo que retrasaría la recuperación total de la producción y las exportaciones. En caso de que las reparaciones no se completen antes de la temporada alta de demanda en invierno, el impacto en el suministro podría ser aún mayor que cuando el gasoducto Nord Stream, que transporta gas ruso, dejó de funcionar en 2022.
Los mercados que dependen de las importaciones de energía podrían ser los más afectados. Los activos de riesgo asiáticos han mostrado una relativa resiliencia en medio de la actual crisis del Estrecho de Ormuz, y si el petróleo se estabilizara las acciones asiáticas podrían recuperarse y generar rentabilidades de dos dígitos. Sin embargo, un estancamiento prolongado en el Estrecho de Ormuz podría tener un impacto más significativo del reflejado en los precios, y es probable que los mercados de alta volatilidad y los sectores cíclicos (como el industrial, el de consumo discrecional y el de materiales) pudieran desencadenar una gran recesión. Dentro de Europa, los sectores cíclicos de consumo (principalmente lujo, aerolíneas, hoteles y automóviles) deberían repuntar una vez se disponga de mayor certeza sobre el suministro de energía, mientras que defensa, salud y telecomunicaciones mostrarán cifras defensivas si el conflicto escalara mayor profundidad.
Los responsables políticos se enfrentan a un dilema delicado en cuanto a la inflación y los riesgos para el crecimiento. Los Bancos Centrales, en general, han ignorado la presión inflacionaria, pero el aumento de los costes energéticos podría elevar los precios, reducir el gasto de los consumidores y obligar a reconsiderar los tipos de interés.
La Reserva Federal mantuvo los tipos sin cambios en marzo, pero elevó sus proyecciones de inflación. El presidente Powell hizo hincapié en la necesidad de lograr mayores avances en la inflación estadounidense antes de flexibilizar aún más la política monetaria, e indicó que podría permanecer en el cargo más allá de su mandato si ello beneficia a los intereses de la Reserva Federal. El Banco de Japón también mantuvo los tipos de interés sin cambios, pero advirtió que el aumento del precio del crudo podría acelerar la inflación. El Banco Central Europeo ha manifestado una postura de “esperar y ver”, manteniendo abiertas sus opciones por ahora sobre cómo responder al repunte de los precios de la energía.
Si bien un desenlace menos perjudicial en el Estrecho de Ormuz sigue siendo posible, los acontecimientos recientes han reducido ese margen, y aumentado el riesgo de una volatilidad continua.
En este contexto, el consenso de mercado sugiere que los inversores deberían mantener una exposición diversificada entre diferentes clases de activos y regiones, con asignaciones selectivas a energía, oro, renta fija y activos alternativos como coberturas y diversificadores de cartera.
Una gestión activa en materias primas podría ser una opción inversora recomendable, dada la elevada fluctuación de precios actual. Si la crisis persiste, los inversores podrían considerar reducir gradualmente el riesgo de sus carteras disminuyendo la exposición a sectores cíclicos (bienes de consumo, industria y manufactura), y a los mercados importadores de energía, particularmente en algunas partes de Europa y Asia.
En este contexto, la subida de los precios del combustible también supone cambios en decisiones cotidianas como llenar el depósito del coche, y los conductores europeos analizan si es más barato conducir entre fronteras para hacer turismo de combustible.
Solo durante el mes pasado, los precios del diésel han subido un 25%, superando los 2 euros litro en Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Irlanda, Italia, Lituania, Luxemburgo y Holanda.
Eslovaquia ha incrementado el precio del diésel a los vehículos extranjeros registrados para detener a los turistas de combustible polacos. Eslovenia esta racionando a los conductores la entrega diaria de 50 litros de gasolina al día, mientras que una ciudad belga quiere parar las colas de los vehículos alemanes que solo cruzan la frontera para llenar su depósito.
El auge del turismo de combustible muestra la fragmentación de los mercados europeos y el impacto de los impuestos nacionales sobre los precios del combustible.
Los europeos pagan algunos de los precios más elevados por el petróleo o el diésel, y más de la mitad de este precio son impuestos. Cada Estado miembro de la Unión Europea establece su propio porcentaje sobre el mínimo de 0,359 euros por litro de gasolina y de 0,33 euros por litro de diesel establecido por la regulación comunitaria. Mientras Malta o Bulgaria están cercanos al menor ratio de impuestos repercutidos, Holanda repercute un ratio tres veces mayor.
Los precios de la gasolina también reflejan la procedencia de dicho producto, y su volumen de consumo en cada país europeo.
Por ejemplo, resulta diferente en Eslovaquia con respecto de Bélgica, porque la gasolina de Eslovaquia proviene de un gaseoducto ruso, mientras los belgas importan su petróleo por el mar (desde USA o Noruega).
La demanda muestra también las brechas entre las redes de infraestructuras y las necesidades personales de transporte, y los países con población creciente sufren problemas de saturación en su red de transporte público, subiendo el consumo de combustible en vehículos privados.
A diferencia de los países europeos más ricos, los países con menos ingresos per cápita disponen de redes de infraestructuras públicas inferiores a sus necesidades.
Estos últimos años, en consonancia con el Plan de Acción de Finanzas Sostenibles, algunos gobiernos europeos han aumentado sus impuestos sobre el combustible para impulsar la movilidad sostenible, tratando de cambiar los hábitos de transporte de sus ciudadanos y reducir las emisiones de CO2.
Los consumidores con mayores ingresos están muy atentos, pero apenas uno de cada cinco coches nuevos vendido en Europa es eléctrico. Si analizamos la distribución por niveles de ingresos, la mayoría de estos vehículos son el segundo vehículo de familias con elevado nivel de vida. Todavía no son una opción para la mayoría de la población, y, además, su crecimiento requiere previamente de un mayor despliegue geográfico de la red de carga.
Recordemos que, en Francia, los impuestos sobre fueles pesados para los ciudadanos con menor nivel de ingresos han generado protestas masivas del sector del transporte de mercancías entre 2018 y 2020.
Con esta situación de partida, la crisis de Irán ha supuesto un tensionamiento añadido en la renta disponible, y sus efectos sobre el consumo privado pueden afectar al ciclo económico.
En este contexto, los gobiernos europeos deben reducir sus afanes recaudatorios, y la política monetaria no puede ni debe ser restrictiva.
Los policy makers deberán escuchar al ciudadano y no calentar los ánimos, a la espera de que la tensión en Oriente Medio se resuelva, el Estrecho de Ormuz se vuelva a abrir, y el tránsito del combustible se restablezca.
